Interoperabilidad: cuando el ecosistema emprendedor deja de sumar y empieza a multiplicar
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Por: Juan Manuel Higuita, Director Ejecutivo Créame
En sus investigaciones sobre ecosistemas de emprendimiento, el profesor Philip T. Roundy, de la University of Tennessee at Chattanooga, ha desarrollado una idea especialmente poderosa para quienes trabajamos en incubación, aceleración, financiación y desarrollo empresarial: los ecosistemas no generan impacto solamente porque existan muchos actores, sino porque esos actores logran coordinarse, aprender entre sí y actuar como un sistema. Su investigación se ha centrado en cómo el emprendimiento contribuye a la revitalización económica y comunitaria, especialmente en regiones que buscan transformarse desde nuevas capacidades productivas, sociales e institucionales.
Aunque Roundy no siempre usa la palabra interoperabilidad, sus conceptos de coordinación ecosistémica, sistemas multiequipo, organizaciones híbridas, capacidades dinámicas y resiliencia del ecosistema nos permiten comprenderla con rigor. Interoperar, en este sentido, no es simplemente “trabajar juntos”. Es lograr que incubadoras, aceleradoras, universidades, financiadores, mentores, empresas, gobiernos y comunidades puedan conectar sus capacidades para que el emprendedor encuentre menos fricción, más claridad y mejores rutas de crecimiento.
Una primera idea central de Roundy es que los ecosistemas de emprendimiento funcionan como meta-organizaciones: redes de personas e instituciones que no están unidas por una jerarquía formal, pero sí por actividades, valores y objetivos compartidos. Cuando esa coordinación aumenta, disminuyen tres costos críticos para los emprendedores: los costos de búsqueda —encontrar información, aliados, talento o capital—; los costos de negociación —acordar condiciones, interpretar información y construir confianza—; y los costos de monitoreo o cumplimiento —asegurar que los compromisos se respeten—.
Esta idea es profundamente práctica para América Latina. Muchos emprendedores no fracasan solo por falta de talento o ambición, sino porque deben navegar ecosistemas fragmentados: convocatorias dispersas, información poco clara, diagnósticos repetidos, redes cerradas, programas que no conversan entre sí y rutas de acompañamiento que empiezan desde cero una y otra vez. Desde la mirada de Roundy, un ecosistema más coordinado reduce esas fricciones y permite que la energía del emprendedor se concentre menos en “sobrevivir al sistema” y más en crear valor.
Una segunda idea poderosa es la de las organizaciones híbridas. Roundy plantea que incubadoras, aceleradoras y centros de desarrollo empresarial cumplen un rol singular porque combinan dos lógicas: una lógica de mercado, orientada al crecimiento, la competitividad y la sostenibilidad financiera; y una lógica de comunidad, orientada a la colaboración, la confianza y el fortalecimiento del territorio. Precisamente por habitar esas dos lógicas, estas organizaciones pueden convertirse en puentes entre el desempeño empresarial y el desarrollo colectivo.
La tercera idea tiene que ver con las capacidades dinámicas. Para Roundy, los ecosistemas vibrantes no solo entregan recursos; ayudan a que los emprendedores puedan detectar oportunidades, capturarlas y reconfigurar recursos en contextos cambiantes. Es decir, el ecosistema no es un inventario de servicios, sino una arquitectura viva que amplía la capacidad de acción estratégica de quienes emprenden.
La cuarta idea se conecta directamente con la interoperabilidad: los ecosistemas efectivos operan como sistemas multiequipo. Roundy y Evans señalan que los líderes del ecosistema rara vez actúan solos; normalmente pertenecen a equipos de distintas organizaciones que deben equilibrar dos responsabilidades simultáneas: cumplir los objetivos de su propia entidad y contribuir al objetivo superior del ecosistema. Un ecosistema maduro no elimina la autonomía de cada actor, pero sí la articula con una interdependencia consciente.
Esto implica un cambio cultural importante: dejar de ver a las demás entidades del ecosistema como competidores por visibilidad, recursos o protagonismo, y empezar a reconocerlas como nodos complementarios de una arquitectura común. La pregunta ya no es únicamente “¿qué impacto logra mi organización?”, sino también “¿qué impacto se vuelve posible cuando nuestras capacidades se conectan?”.
Una quinta idea clave es la resiliencia ecosistémica. Roundy, Brockman y Bradshaw proponen que los ecosistemas resilientes combinan dos condiciones: diversidad y coherencia. Diversidad significa contar con distintos tipos de participantes, modelos de negocio, organizaciones de apoyo y recursos. Coherencia significa que esa diversidad no está dispersa, sino alineada alrededor de valores, actividades y propósitos compartidos. La resiliencia surge de esa tensión virtuosa: muchas capacidades distintas, pero conectadas por una dirección común.
Para Créame, esta reflexión es especialmente relevante. Si América Latina quiere construir economías más profundas, duraderas y transformadoras, necesitamos superar la lógica de impactos aislados. La incubadora que acompaña, la aceleradora que escala, el financiador que invierte, la universidad que investiga, el gobierno que habilita y la empresa que abre mercado no deberían operar como estaciones desconectadas, sino como partes de una misma trayectoria de desarrollo emprendedor.
La interoperabilidad ecosistémica nos invita a diseñar mejores conexiones, lenguajes comunes, rutas compartidas, aprendizajes acumulativos y mecanismos de confianza. No se trata de uniformar el ecosistema, sino de hacerlo más legible, más navegable y más potente para los emprendedores.
En últimas, el mensaje de Roundy puede leerse así: el verdadero impacto de un ecosistema no está en la suma de sus instituciones, sino en la calidad de sus interacciones. Cuando los actores se coordinan, el ecosistema deja de ser una colección de esfuerzos valiosos y se convierte en una plataforma colectiva de transformación económica y social.
“El verdadero impacto de un ecosistema no está en la suma de sus instituciones, sino en la calidad de sus interacciones.”



